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Noticias Apuntes de viajes. Suiza y los croatas
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Cumpliendo un sueño largamente esperado, en junio de este año partí junto a Lili, mi esposa, rumbo a Europa. Diez años había pasado de la última y única vez que había viajado, y con esfuerzo de los dos lográbamos viajar al viejo continente.

Los primeros días de nuestra estadía europea fueron en París, donde nos maravillamos con la “Ciudad Luz”. De allí partimos a Suiza donde nos esperaba nuestra amiga Jela Jurkić. Ella es una croata de Bosnia que visitó Córdoba hace un año y que se hospedó en nuestra casa. Tal fue la amistad que se forjó, que concordamos en vernos alguna vez en su país de adopción. Ella junto a su familia tuvo que emigrar a Suiza al comenzar los ataques serbios sobre su pueblo al comienzo de la última guerra.

con Fra Sito CoricNos hospedó en el pueblo de Olten, cercano a Zurich, donde empezamos a tomar contacto con este “país de cuentos”. Aquel primer día era justamente el cumpleaños de su madre y nos trasladamos hacia la casa de ella. Bastó llegar para ver una larga mesa con unas veinte personas charlando y riendo para que yo mirara a Jela y le digiera:_ “Oni su naši!” (¡Ellos son nuestros!), ya que contrastaban mucho con los callados y herméticos suizos. Luego de cuatro días de comida francesa, fue una alegría volver a comer…a comer a lo croata. No faltaron los čevavćić, ni ensaladas de papa, ni los kolaći. Todo rico y sabroso. Pero lo interesante fue que luego de comer, todos giraron sus cabezas y me preguntaron:_ Y vos, ¿de donde sos? Fue entonces que les conté, que era hijo de padre croata y madre argentina, que vine con mi esposa a Europa, pero principalmente que quería volver a Croacia, a ver a nuestra gente, nuestro mar, nuestras raíces…(y finalicé) “zato krv nije voda” (porque la sangre no es agua). Primero fue un silencio y luego todos corrieron a abrazarme, no entendían como viviendo tan lejos hablaba croata y sabía tantas cosas, decían “mi hijo vive a 12 horas y vos a 12 mil kilómetros”, en fin fue todo muy emotivo.

Al día siguiente y luego de haber recorrido la ciudad de Lucerna, me llevaron a la llamada “Hrvatska Kuća” (la Casa Croata) que es el centro de ellos. Esta casa tiene un bello jardín con pileta climatizada y cuatro pisos. Todos estos con una hermosa decoración de todo lo típico e histórico que tiene Croacia. Pero además contaba con su propia capilla para bautizar y realizar ceremonias religiosas, sus salas de reuniones, su propia secretaría desde la cual se edita una revista para toda Suiza, su biblioteca, su piano, ascensor interno, etc. Además a cada paso nos regalaban remeras, CD con música, DVD, revistas y libros.

A este paso sólo me quedaba, ante tantas cosas bellas, decir: Za mene, to je zlato!(¡para mí, esto es oro!), a lo que me respondieron: _ Čekaj, fali za zlato (esperá que falta para el oro). Así fue que bajamos todos los pisos hasta llegar al sótano, donde me encontré con la frutilla del poste: una increíble Konoba (taberna) dálmata. Con las redes de pescadores en los techos, las mesas con forma de barril, y todo decorado como si estuviéramos a metros del Adriático.

Al otro día visitamos los imponentes Alpes Suizos y el monte Motterhom, en otra experiencia increíble.

La comunidad croata de Suiza, esta formada por llamados “nuevos emigrados” que son en parte los que migraron en los años ’60 a buscar trabajo y los que lo hicieron en los ’90 por la última guerra. Con una gran mayoría de obreros, los croatas forjaron un bienestar para sus hijos que son en su mayoría, profesionales. La figura más destacada es el sacerdote Šimun Šito Čorić, nacido en Herzegovina y que es además escritor, poeta, ensayista, músico y psicólogo. Hace 20 años estuvo en Córdoba y es reconocido por su trabajo en la diáspora croata por todo el mundo.

Pero nuestro último día en este país era el domingo.

Como en tiempos lejanos, la campana de la iglesia comenzó a tañir, y poco a poco todos los croatas de la zona comenzaron a llegar. La iglesia albergó a más de 300 personas, muchas familias con sus niños. La misa la celebró el padre Šito Čorić. Luego de la misa, todos se quedaron a hacer sociales, tomar algo y charlar lo ocurrido en la semana. Tuve la posibilidad de ser recibido por Fra Šito Čorić, quien me manifestó la alegría de recibir un croata de tan lejos y me regaló un libro de su autoría con cuentos “para tus hijos”.

Luego nos trasladamos a la “Casa Croata” donde se realizaba un almuerzo para los padres y los niños menores de 12 años que están aprendiendo el idioma. Grata fue la sorpresa de ver un “Pequeño Alta Gracia”, ya que comimos los carré de cerdo y čevavćić que preparamos todos los años para el festival.

Lindo fue ver el trato, tanto con migo como para mi esposa y el cariño sincero entre hermanos croatas de la diáspora.

Por la tarde recorrimos Zurich y finalmente nos dirigimos a la estación de trenes. Luego de cuatro días con una anfitriona de lujo como Jela, una familia entrañable como los Jurkić y una comunidad croata cálida y generosa, nos subimos a nuestro camarote. Comenzaba la otra parte del viaje. La siguiente estación era Zagreb. Pero eso es otra historia.